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" Navegando por el Amazonas "
(2da. parte) - Días Contentos - |
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Masuza, un lunes a las 5 de la tarde, parado frente a una hilera de motonaves, con destinos a los más alejados y paradisiacos lugares de la Amazonía Peruana, encontré con la mirada a la motonave "Mertila", un mercado ambulante, una caravana enclaustrada (o mejor dicho enlatada), que me llevaría a Pevas, 12 horas navegando desde Iquitos por el sin par río Amazonas, rumbo a la frontera con Brasil.
Apretujado dentro de esta Calcuta flotante, en un instante de conciencia, me di cuenta que sonreía, estaba en el río de nuevo después de dos años, esta vez sin cubierta superior ni noches bajo cielos estrellados, sólo el camarote de metal, con un par de camas, encima de las cuales descansaban un par de colchones flacos, el foco amarillo y la cucaracha en el suelo paseando alrededor de mi mochila. Supongo que todo es parte del viaje, y qué lindo es viajar.
Justo en frente de la cabina del piloto había una banca y alrededor de ella 3 ó 4 personas. Me senté al lado del timonel; los timoneles conocen el río como la palma de su mano, y por lo tanto conocen también sus historias. Mientras apuntaba al Amazonas con una potente linterna, contaba historias acerca de piratas de río y barcos fantasmas, en los que se vive en un eterno jolgorio, la madre de todas las fiestas flotando en el Amazonas, pero una vez dentro nunca se regresa. Me metí a mi camarote 2 horas después de que empezó el fuerte viento de la noche, señal de que pronto se desataría una tormenta, los rayos, la lluvia torrencial, el viento, toda la violencia de la naturaleza conformaban un lindo espectáculo. Al despertar pude darme cuenta a través de una de las rendijas de la puerta, que la "Mertila" se había detenido, había llegado a Pevas una mañana nublada. El café negro y las galletas del desayuno no me cayeron nada mal, y ya con el estómago lleno salí de paseo. "El Aquiles", la motonave que habría de llevarme a la frontera llegaba la mañana siguiente, así que tenía algo de tiempo y ningún apuro. Descansando del paseo sobre un "peque-peque" en el río Ampiyacu conocí a Francisco Díaz, un indígena huitoto, que junto con los Boras y Yaguas conforman la población nativa del lugar, los demás eran mestizos o Israelitas del Nuevo Pacto, que hasta habían formado un asentamiento propio, Nuevo Pevas. Francisco y yo nos hicimos amigos mientras le contaba un mito amazónico, el mito de Nunkui, que recordaba gracias a una investigación que había hecho en la universidad. Mientras relataba el mito el huitoto sonreía sorpredido, ¿cómo diablos un limeño podría sabe algo así?, me preguntó después. Yo sólo me reí un poquito, no de su sorpresa sino por darme cuenta que era la primera vez que gracias a la antropología había ganado un amigo.
La madre de Francisco no hablaba castellano, pero se hacía entender perfectamente, parecía una mujer viejísima, pero estoy seguro que no lo era tanto, el brillo de sus ojos reflejaba un alma inquieta pero tranquila, alegre y pacífica. Me invitó un poco de casabe, una torta de harina de yuca, que remojada en una salsa de pescado y ají, sabía bastante bien, acompañada obviamente con mas de un par de tragos de masato, indispensables para toda conversación que quiera llamarse como tal. Nuevamente con la barriga llena, salimos Francisco, su esposa y yo rumbo a la huerta. Tradicionalmente en las etnías indígenas amazónicas, el trabajo pesado, el trabajo de la huerta lo realizan las mujeres, los hombres además de las ocasionales roza y quema, se dedican a pescar y a cazar. Me sentía un poco sorprendido de que a Franciso y a mi se nos permitiera estar en la huerta, ya que el huerto es un espacio completamente femenino. Ya era extraño que Francisco estuviera allí, pero que yo estuviera allí era todo un honor. Comimos plátanos y caña de azúcar, que llenaron aún mas la barriga. De regreso nos bañamos en una cochita mientras Francisco y su mujer se burlaban del limeñito, pobrecito él, que sólo tiene el inmundo río Rímac y mientras nosotros tenemos al Amazonas. Para la noche había una fiesta, se celebraba el nuevo techo de la maloca, aunque antes Francisco y yo fuímos a la casa del anciano del lugar, que se entretenía con su forma particular de chacchar coca mientras nos contaba las historias de sus antepasados.
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