Perú Azul
www.peruazul.com
recorriendo el amazonas con gabriel


" Viajando alrededor del centro de la tierra. Ecuador "

Me bajé del avión en el aeropuerto de Quito como a las 11 de la noche, previamente hicimos escala en Bogotá y nos revisaron a todos los pasajeros de arriba a abajo y por los costados.

Felizmente en el aeropuerto quiteño había una caseta de información turística en donde me recomendaron un pequeño albergue en la parte "moderna" de la ciudad; $5 la noche con desayuno incluido y el uso de Internet el tiempo que quisiera. Me pareció bien y tomé un taxi hacia ese lugar, el taxi me costó como $3; antes de la dolarización y el derrocamiento de Mahuad, 10 mil sucres aproximadamente. Llegué a Ecuador con un poco más de $50 en el bolsillo y sentía que tenía una fortuna. Era increíble lo barato que era todo y lo amable de las personas. Ya en el albergue me bañé y me fuí a dormir, pues me sentía cansadísimo.

A la mañana siguiente, después del café con leche y las tostadas con mantequilla y mermelada fuí a llamar por teléfono, primero a Lima, avisándoles que muy pronto este viaje terminaría, lo cual era una pena, y después al padre Marciano, un antigüo amigo de la familia y que tal vez podía alojarme.

Total el padre Marciano estaba en Francia, y regresaría a Ecuador en varios meses. No importaba, aquel día era precioso: sol, cielo azul, una ciudad pequeña, limpia y de gente muy amable. Así que a caminar se había dicho; regresé al albergue a recoger mi cámara de fotos y la dueña me dio las indicaciones necesarias para llegar al centro en autobús. Así que me subí al autobús y me dirigí hacia allá.

Tenía que tomar, además, el trolebús, una especie de bus eléctrico muy bonito, y así lo hice, y mientras cruzaba por el puente que atravesaba el río que fluía cortando a la capital ecuatoriana, sentí un poco de envidia. El río era cristalino y limpísimo y un poco hacia el horizonte se podían apreciar algunos bosquecillos. No podía entender bien al principio como un país más pobre que el Perú tuviera una capital mucho mejor cuidada y con un río "n" veces más limpio que el Rímac. Para cuando terminó el día finalmente entendí, pero para eso tuve que caminar por varias horas por el Quito colonial. Muy lindo, calles empedradas, plazas con palomas, iglesias, mercados y distintas personas con sus trajes típicos característicos y ningún carro por las calles, tan sólo el trolebús, el bus eléctrico.

Obviamente mientras me paseaba me moría de hambre, así que me senté en una de las placitas a comerme el pan con lechón y la cerveza que me había comprado previamente. Ya en la tarde, el día se nubló un poquito, pero el lugar permaneció encantador, no paraba de caminar, conociendo cosas nuevas, entrando a iglesias y subiéndome a los campanarios, viendo los tejados rojos y verdes contrastando con el Pichincha.

Paseaba por el mercado, bastante pintoresco, se podía encontrar de todo en un mismo lugar y al parecer estaba ordenado según el origen étnico de los comerciantes. Por aquí los otavaleños con sus sombreros y sus largas colas de caballo, un poco mas a la izquierda los saraguros y al frente los colorados o tsachilas, cada uno con sus trajes típicos distintivos y el hablar orgulloso de su origen.

Siempre me gustaron los mercados, al menos este tipo de mercados que también podemos apreciar en el Perú, porque deben de ser unos de los pocos lugares en el mundo actual en los que pueden congregarse tantas personas diferentes e interactuar pacíficamente y porque son los únicos lugares en los que he podido encontrar relaciones humanas (en todo el sentido de la palabra) tan densas e intensas. Estaba feliz y deseando que la novia que dejé en el Perú pudiera estar allí viviendo todo aquello conmigo.

Un par de horas después el día se acercaba a su fin, me senté en un restaurancito en la plaza de Armas de Quito a tomar un café y a disfrutar de las últimas horas de luz de aquel día mientras el sol y las nubes se fundían en un abrazo y se ocultaban detrás de las montañas, entendiendo por fin que la única razón de que existiera una ciudad tan limpia en un país pobre era el cariño de la gente por lo suyo.


Gabriel Arriarán
gabrielarriaran@yahoo.com